Ayer caminaba a la vera de un río, recién llegado de visita a una provincia del interior del país, y me sentí súbitamente abrumado por el conjunto que me rodeaba: la brisa del río abierto golpeándome en el rostro, atrayendo hacia mí los olores de los árboles y las flores; los pájaros llenaban el silencio con su melodía, acompañada por las risas de los niños que jugaban con una pelota en la calle, mientras las señoras mayores del barrio tomaban mate sentadas en sus veredas, observándolos maternalmente y saludando con amabilidad a cualquier transeúnte, conocido o no, que pasara por allí.
Me detuve en un banquito de la costanera a saborear ese pequeño universo armónico que me rodeaba, a imbuirme en la extraña energía que irradiaba todo ese conjunto. Al observar a mi alrededor, vi a cierta distancia que un oficial de policía se acercaba caminado a paso tranquilo, observando a las pocas personas que estábamos allí; evidentemente disfrutaba también del paseo por aquél hermoso lugar. A pocos metros de mi ubicación, en otro banquito de madera similar al mío, un hombre realizaba lentamente su ritual del mate, acompañado por unos pedazos de torta, prolijamente cortados y puestos en un plato a su costado. Cuando el policía estaba pasando frente a él, lo observó disimuladamente por el rabillo del ojo, pero aún así el hombre se percató de la mirada curiosa del oficial.
— ¿Quiere un mate?— le preguntó amablemente al policía desde su asiento. Al ver que el oficial caviló, se apresuró a echar agua caliente en el mate y se lo extendió, levantándose del banco donde se encontraba. —Mi nombre es Silvio, mucho gusto— dijo finalmente el hombre. El policía detuvo su marcha, y gustosamente aceptó el ofrecimiento, estrechándole la mano, con una sonrisa en el rostro.
Este breve acontecimiento entre dos extraños me sorprendió enormemente. De inmediato noté que mi sorpresa no estaba dada por lo que acababa de ver en sí mismo, sino por el hecho de que “yo” me sorprendiera tan profundamente ante ese gesto de humanidad y solidaridad. ¿Hasta donde hemos llegado para que una persona se sorprenda ante un gesto así, como si estuviera viendo un espectáculo extraordinario, fuera de lo común?
Esa simple pregunta me llevó a reflexionar mucho sobre como vivimos hoy en día, sobre todo en las grandes ciudades, y a lo que nos hemos acostumbrado casi sin darnos cuenta. Y esta clase de pensamientos me llevan siempre a la misma conclusión: el hombre va perdiendo su esencia a medida que avanza la post modernidad, se va abstrayendo de la presencia de sus iguales y de la naturaleza que lo rodea, para finalmente alejarse de sí mismo y perderse en una complejidad artificial y deshumanizante.
El mundo de hoy nos vende una idea de felicidad relacionada con lo material: ganar dinero, comprar casa, autos, consumir bienes más allá de nuestras verdaderas necesidades. Para eso debemos seguir una carrera de competencia constante, donde el individuo es el gran protagonista de todas sus victorias y derrotas, sin ninguna clase de noción grupal. El “otro” es un competidor, es un elemento externo en cualquiera de nuestras reflexiones o decisiones. La carrera del progreso material exige cada vez más, hasta llegar a exigirte tu salud. La idea parece ser: poner en riesgo la salud para ganar dinero, y luego gastar el dinero para recuperarla. Una carrera sin sentido, donde las decisiones se toman por relaciones de costo-beneficio, por criterios individualistas que a su vez trasuntan una idea de felicidad heredada del inconsciente colectivo de esta sociedad y que nunca decidimos poner en duda. Es necesario hacerse esta pregunta: ¿todo lo que hago, todo lo que en el fondo guía mis decisiones, me lleva a un objetivo final que me significará ser feliz?
Pero al mismo tiempo, ¿qué significa ser feliz? Las ideas generales sobre la felicidad parten de un error inicial: su generalidad. No podemos albergar la creencia de que una idea de felicidad puede ser aplicable a todas las personas por igual. Cada ser humano tiene su propia personalidad, está forjado en y por su propia historia, al mismo tiempo que sus necesidades varían según sus propios valores. Aun así, tampoco podemos caer en el relativismo y sostener que solamente hay soluciones individuales, que cada persona es un universo en sí misma, porque esa forma de pensar es justamente uno de los mayores problemas que tiene hoy el mundo en el que vivimos. La felicidad no significa lo mismo para todos, pero sí pueden encontrarse caminos y valores que nos acercarán a ella, y nos harán ser mejores personas.
La idea de felicidad que hoy se nos impone tiene que ver con una felicidad sensorial, superflua, y sobre todo, rápida. Es la idea de felicidad que este mundo hipermercantilizado creó en el imaginario popular para poder vender más productos. La felicidad es algo que se puede lograr comprando cosas, o cambiándolas innecesariamente por otras más modernas, llenando impulsos visuales, auditivos o hasta gustativos de una forma fácil e inmediata. Se obtiene felicidad a través de la satisfacción de necesidades creadas artificialmente. El hombre pasa a depender de los objetos que compra, al mismo tiempo que los objetos, cada ves más modernos y complejos, lo alejan cada vez más de la naturaleza.
En otros tiempos la adquisición de cualquier mueble para una casa implicaba tomar contacto con el árbol, la madera, darle forma y unir piezas, utilizar las propias manos para construir algo que se materializará en un objeto útil para el hombre y su familia. La vida del hombre objetivada en el producto de su trabajo, dijo un gran pensador. Esa interacción del ser humano y la naturaleza a través del trabajo ha desaparecido en las ciudades, donde todo viene prefabricado, prearmado, o simplemente, hecho. Esos productos ya ni siquiera son de madera o de algún material proveniente en forma directa de la naturaleza: la mayoría de los objetos actuales son aleaciones químicas, plásticos, o artilugios que justifican su razón de ser únicamente en la disminución de costos económicos dentro de su proceso de producción en serie. El hombre perdió la posibilidad de crear cosas con sus manos, y se transformó en un apretador de botones profesional.
¿Qué consecuencias negativas puede tener acaso esta realidad nueva? Más allá de una primera idea de utilidad y comodidad que nos proporcionan los productos actuales, lo cierto es que han atrofiado la capacidad creativa del hombre y su contacto directo con la naturaleza, y con la simplicidad que ella imprime a la vida humana. Entiéndase la importancia de esto: el hombre no es un ser diferente y superior al entorno que lo rodea, como si pudiese aislarse de la naturaleza sin mayores problemas, sino que el hombre ES parte de la naturaleza. El hombre es naturaleza. Animal con razón y capaz de cultivar su espíritu, pero ser natural al fin de cuentas, en conexión milenaria con la tierra, las plantas, el sol, la lluvia, los animales. Y es en ese contacto directo con la naturaleza —hábitat original de cualquier ser vivo— donde el hombre hallará el mejor equilibrio saludable en su vida, donde podrá estar íntimamente ligado a la esencia que lo constituye, donde sus ciclos biológicos internos encuentran su justificación y razón de ser. Y sobre todo, es en esa relación directa del hombre con la naturaleza donde lo “individual” pasa a perder importancia frente a lo “grupal”. El hombre ha sobrevivido a través de los tiempos porque ha sabido vivir en comunidad, interactuar y ayudarse mutuamente en sus distintas habilidades para superar peligros que los excederían de haberlos enfrentado en forma individual.
¿Cuál es el problema de que esto sea hoy así? La pérdida cada vez mayor de la conciencia colectiva en la mente del hombre moderno, en su carrera individualista y material, lo ha llevado a tomar decisiones cotidianas con una sensación de “autosuficiencia” que, además de ser una gran mentira, produce una alienación respecto a los demás y un sentimiento de angustia que aparecen, hoy en día, como íconos de nuestro mundo actual.
El hombre abandona su contacto con la naturaleza, y con ello ha perdido la noción de la necesidad del “otro”, de la riqueza que se adquiere en la interrelación humana, no guiada por intereses banales, sino por el solo impulso de solidaridad y comunión. El hombre moderno se cree autosuficiente, entonces piensa y decide sus acciones considerándose a sí mismo el epicentro del mundo. Un mundo, claro está, cuyo universo es el límite de sus propios intereses. Las decisiones que tome, tanto humanas como económicas o de cualquier otra índole, estarán justificadas en tanto redunden en algún beneficio y en la satisfacción de ese universo de intereses personales. En este contexto, cualquier decisión que implique solamente un beneficio para otra persona significará un dispendio de energía y tiempo, una acción que no se justificará por no conllevar una satisfacción inmediata de alguna necesidad personal, y por lo tanto, no tendrá razón de ser. Ofrecer desinteresadamente un mate a un desconocido constituye una acción que no tendrá fácil explicación, y que hasta podrá sorprendernos en una tarde cualquiera.
Aún así, en su constante carrera prefabricada por la sociedad, en su frenesí por crecer en términos materiales, el hombre de hoy dispondrá de más cantidad de tiempo respecto de sus antecesores, ya que los adelantos tecnológicos le significarán evitar muchos quehaceres cotidianos que otrora debía realizar manualmente. La ropa no se lavará con las manos sino simplemente apretando botones; encender el fuego o calentar agua no nos llevará más que escasos segundos; conseguir alimentos puede ser una actividad que no conlleve mayor esfuerzo que discar un número telefónico o acercarse a una góndola de supermercado, donde yacen mansamente trozos de animales que antes había que cazar, o se amontonan estéticamente frutas que otrora lucían las copas de los árboles. Entonces el tiempo sobrará, pero, paradójicamente, el hombre moderno tendrá la sensación de que es todo lo contrario: que cada vez tiene menos tiempo, que su actividad cotidiana lo consume al punto que tal de resultarle imposible dedicar tiempo a actividades más sencillas, más humanas, más colectivas.
De esta manera, el hombre —antiguo cazador de animales, recolector de frutos, contemplador de la naturaleza— vivirá rodeado de un conjunto de aparatos complejos e innecesarios, compitiendo desde la cuna en una carrera ficticia que nunca eligió ni pone en duda, inmerso en una ideología egoísta y antropocéntrica del universo. Así va perdiendo la noción de la simpleza de la vida en su faz más natural, privándose de los pequeños milagros sencillos que los rodean día a día, y que la naturaleza le ofrece como un integrante de ella.
Ahora bien, es muy probable que el hombre que retome contacto con la naturaleza, paradójicamente, no se sienta del todo a gusto con ella, ya que tendrá las puertas abiertas a la contemplación y a la reflexión, actitudes que están atrofiadas actualmente en la vida cotidiana y frenética de la modernidad. El contacto con un río, el mar, las montañas, los bosques y hasta incluso otros animales, le otorgarán una visión más amplia y calma de su vida, una perspectiva que es imposible lograr frente a un aparato de televisión o al bombardeo constante y violento de la publicidad y el consumismo que genera el mercado mundial, esta gran feria omnipresente en cada rincón urbano del mundo. Entonces, la posibilidad de contemplación y reflexión probablemente no le otorgará satisfacción sino todo lo contrario: el hombre se verá expuesto a enfrentar sus propias carencias. El hombre que piensa y reflexiona logra al fin verse a si mismo en perspectiva, y los vacíos de su vida que llena cotidianamente con el frenesí de la ciudad se insinuarán inevitablemente, y con un poco más de tiempo, se presentarán con toda su fuerza. Es el motivo por el cual mucha gente no puede soportar vacaciones largas: se pasan el año quejándose de los pocos días de relajación que tienen, cuando en el fondo terminan agradeciendo que ello sea así. La reflexión quizás ponga en evidencia la soledad que es propia de las grandes conglomeraciones, las carencias afectivas generadas por la ideología egoísta imperante, las oportunidades perdidas de afianzar relaciones humanas por privilegiar lo material, el desconcierto de no saber qué hacer cuando se separa un momento de la vida prefabricada que la sociedad moderna nos impuso, y a la que nos hemos acostumbrando mansa y servilmente.
Sin embargo, es en esa carrera alienante y esclavizante (en la noción más moderna de esclavitud: la material, consumista) donde el hombre cree acercarse a la felicidad que hoy se pregona, siendo que solamente será una sensación de bienestar efímera, que deberá ser llenada prontamente por algún otro objeto, la satisfacción de algún placer efímero y banal, algún logro simbólico en esta carrera por lo material. Todos placeres sensoriales e inmediatos, que le han quitado al hombre la creatividad de pensar en la forma más auténtica y más propia para ser feliz, y tener la capacidad de sacrificarse por ello.
Este es, justamente, un punto que caracteriza mucho al mundo actual: la incapacidad del sacrificio. El hombre actual es incapaz de poder posponer su propia satisfacción personal (léase “felicidad”) a cambio de una opción más difícil, más larga y quizás menos reconocida, pero acompañada de una satisfacción más bien de orden espiritual, humana, una mayor dignidad como persona. ¿Es más importante ser feliz que ser digno? A muchas personas hasta le parecerá válida esta pregunta, como si fueran dos cosas distintas, y responderán con el lema de este siglo: lo más importante es
Sin embargo, yo creo que vale más la dignidad y la nobleza como valores a perseguir antes que la felicidad tal cual la conocemos hoy.
Pero perseguir la dignidad en el ser humano y la nobleza implica un desarrollo espiritual que está ausente hoy en día. Habrán tantas opciones de diversión y de placer inmediato antes de llegar a la elección de la nobleza que harán que la elección de ésta última parezca una opción casi inviable, imposible, o al menos, muy poco popular. El hombre de hoy solo apreta botones y visita góndolas de supermercados, cualquier otra cosa que implique un obrar más auténtico pero que lleve más tiempo, o esfuerzo, o paciencia, quedará siempre relegado.
El hombre moderno tendrá más tiempo, más recursos y más oportunidades que el hombre del pasado, pero no sabrá qué hacer con todo ello, porque no ha pensado en sus Fines más allá de sus objetivos materiales. La ausencia de Fines será reemplazada por el protagonismo de los Medios, transformados en fines en sí mismos. Y éste es el mayor error del hombre moderno, ya que son los fines los que, en definitiva, le dan sentido a nuestra existencia. Los valores en los que creamos son los que determinarán nuestras acciones, nuestras expectativas, y nuestra felicidad última. Son los que nos dirán qué hacer con nuestro tiempo de sobra, con nuestras mayores herramientas, nos definirán nuestras necesidades y nos dirán cuales son las formas más sanas de satisfacerlas.
Sin embargo, en el mundo actual se observa un fenómeno inédito: la desaparición de los sistemas de creencias universales, “oficiales”, que han existido durante muchos siglos. Sin ensayar una defensa de ningún sistema en particular, creo que la desaparición de valores sociales, espirituales (no religiosos necesariamente), humanos en general, produce los peores daños en la vida del hombre moderno, ya que los sistemas de creencias contienen al ser humano, le dan sentido a sus acciones, lo relacionan con sus semejantes, lo humanizan.
El hombre actual, que ha dejado de creer categóricamente en los sistemas religiosos y sociales que existían antes (por los vicios en los que degeneraron muchas veces en su aplicación práctica), carece de valores suficientemente arraigados como para saber cómo y para qué utilizar su tiempo. Todo dependerá de cómo nos hayan criado nuestras familias y en qué decidimos creer a medida que vayamos creciendo, pero ya no hay sistemas de creencias como la religión, la familia (como institución) o una educación pública universal y uniforme que aúnen criterios de valor en la sociedad, y que nos contengan tanto en el plano personal como social. Por el contrario, las respuestas son siempre individuales.
Puede haber una excepción a esa individualidad en los adolescentes, quienes precisan del sentimiento de “pertenecer” constantemente, y dicha pertenencia ya no la encuentran en los valores familiares, o religiosos, o del inconsciente colectivo social, sino que encuentran sus sistemas de creencias en subculturas urbanas modernas, que los estandarizan y les dan la sensación de pertenecer a ese pequeño mundo que –al mismo tiempo y contrariamente– los aleja de la sociedad en general. Pequeños ghettos culturales que poseen necesariamente sus valores expresa o implícitamente —como todo grupo humano— y que son seguidos sin ninguna clase de reflexión previa, sin que los adolescentes que los siguen se hayan puesto a pensar si son valores que los hacen felices, si los transforman en mejores personas, o si al menos los alivianan “realmente” de la angustia tan característica de estos tiempos deshumanizados.
La cuestión de los valores y los sistemas de creencias resulta fundamental, neurálgica, ya que en ellos se encontrarán las herramientas para que el hombre pueda desarrollarse espiritualmente. Y es en ese desarrollo espiritual donde el hombre podrá hallarse protegido de la decadencia de nuestra vida moderna, de la angustia que provoca el relativizar todo, no encontrar en qué creer, no tener parámetros de lo valioso o disvalioso, y sobre todo, de la soledad que ahoga, cada vez más, al hombre moderno.
El hombre de hoy en día debe volver a sus raíces, salirse del frenesí que lo rodea y simplificar su vida. Volver a darse el tiempo para reflexionar y más allá de la primera sensación de espanto ante sus carencias, dar un paso más y pensar en la forma más auténtica y positiva de llenar esos vacíos, sin ocultarlos nuevamente en el caos urbano. No ocupar el tiempo libre para complicarse con pensamientos vacuos y artificiales, tomando como parámetros necesidades falsas y acumulando frustraciones por no lograr objetivos que, al fin de cuentas, ni siquiera están dirigidos a nuestra felicidad como hombres viviendo en comunidad.
Para retomar esa simplicidad, para volver a centrarnos en lo verdaderamente importante en nuestras existencias, tenemos a mano una herramienta fundamental: retomar el contacto con la naturaleza y con el prójimo.
Esto no significa que debamos volver a la naturaleza rechazando cualquier elemento urbano o moderno, sino que implica volver a sentirnos verdaderamente parte de un universo mayor que nos excede, y del cual no somos el centro. Para ser felices, para evitar la angustia y la frustración, es fundamental que seamos humildes ante el universo que nos rodea. Y saberse parte de la naturaleza, compartir sus ciclos, sus tiempos y estar en contacto con los demás seres que la componen, nos dará una perspectiva más sana y vital de nuestra existencia. Implica reconocer al “otro” tambien como parte del mismo universo que me incluye, reconocer su existencia y sus necesidades, y entender su bienestar como parte de mi propio bienestar. Aprender a sensibilizarse por el sufrimiento ajeno, saber que las respuestas no pueden ser siempre individuales, saber que no somos autosuficientes, y que en la relación con el mundo que nos rodea es donde podremos lograr nuestra verdadera felicidad, a través de acciones que vayan más allá de lo material, y estén destinadas a enriquecernos espiritualmente.
¿En qué puede ayudarnos la misma naturaleza para que emprendamos ese nuevo camino? Simplemente en observar y vivir la simpleza que ella nos ofrece. No es lo mismo ir a una góndola de supermercado a comprar naranjas, que la sensación espiritual de conexión con la naturaleza que genera bajar esa naranja de un árbol, con las propias manos, y comerla sentado en el césped. El lector de estas líneas bien podría preguntarse a sí mismo: ¿cuándo fue la última vez que caminó descalzo sobre la tierra, sobre la frescura del césped?; ¿cuántas veces al año lo hace? ¡Cuán artificiales se han vuelto nuestras vidas! ¡Cuán poco sabemos aprovechar los pequeños placeres que nos ofrece la naturaleza, observar paisajes verdes y horizontes interminables, contagiarnos de la paz de un río, de la simpleza de la brisa golpeándonos el rostro, del canto armonioso de los pájaros! Debemos evitar la resignación a vivir en jaulas de cemento, debemos ser concientes que esa carrera egoísta y material que se nos presenta como el camino a la felicidad debe ser puesta en duda. No vaya a ser que solamente podamos disfrutar de paz y tranquilidad durante nuestras vacaciones, pequeños respiros de humanidad, para luego volver ciegamente al trajín interminable y frenético la vida en la ciudad, con sus artilugios y sus complicaciones artificiales, sin que nos quede más tiempo que para góndolas y botones.
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